jueves, 19 de noviembre de 2009

Filisteando Ancracias

Estababa yo filisteando una ancracia en la vía pública, cuando
de pronto se me acercó un agente del orden y me dijo:
— Qué está haciendo inadaptado. ¿No sabe que no se pueden
filistear ancracias en la vía pública?
Estaba persuadido de que esto podía sucederme, pero la
falta de trabajo me había impulsado a ganarme la vida de ese
modo. Me intimidó un poco la situación, es más, sentí hasta
algo de vergüenza. Pero como soy trasgresor y beligerante le
pregunté al uniformado: — De dónde sacaste esa norma, nene
—. Lo de nene, me brotó del fondo de las entretelas.
Seguramente impulsado por la circunstancia de que el
vigilante era mucho más joven que yo. El agente me señaló
con su machete y me invitó a retirarme del lugar, al tiempo
que una señora gritaba:
— ¡Mal educado! ¡A los que filistean ancracias como usted,
habría que agarrarlos por el garbonclo! —. Espetó esto
mientras blandía en su mano derecha un pollo al spiedo y si
bien me molesta que no me dejen filiestar ancracias tranquilo,
mucho más me ofusca que me estrolen un pollo al spiedo en el
cráneo.
—¡Vieja de mierda! — le dije —. Te vas a quedar con las
ganas de agarrar mi garbonclo y de que te filistee las
ancracias.
A la mujer, se le transformó el rostro y se fue murmurando
con las vecinas. Yo las ignoré.
Luego me crucé con un grupo de adolescentes y compartí
con ellos el pollito al spiedo que sobre los adoquines yacía.
Charlamos y bebimos largamente, hasta que con un dejo de
desprecio, el sol se vio sobre las costas de Colonia.
Amanecía.

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