lunes, 16 de septiembre de 2019

Es difícil escribir acerca de algo que atravesó tu vida como un rayo.  Que te viene acompañando de hace décadas.  Aunque existía desde mucho antes. Casi como un abuelo que ayudó a que crezcas. Como un cuento donde sos uno más de los personajes. Menores y poco trascendentes seguramente. Pero un cuento del que formaste y formas parte. Lo que debo confesar es que muchos de los mejores momentos de mi vida, los viví dentro de ese cuento celeste y amarillo. Y muchos de los malos momentos. Cuando nuestros maestros pasaban a ser recuerdo. Pero de cada uno de ellos recibí una pincelada. Una palabra. Un consejo. Porque la vida es eso. Crecer, aprender y desparramarse. Como un río. Con la resonancia de un río.  Que encuentra donde seguir su cauce. Como nos enseñaron. A dar siempre. A preguntar qué hace falta. Y ahí ponerse a trabajar. Con objetivo de ser útiles, no importantes. Y así vamos caminando juntos ésta historia. Este cuento que recién lleva cien años. Con la locura y el esfuerzo de muchos. Pasen. Pasen y vean lo que hicieron hace cien años chicos que tenían dieciocho años. Que soñaron grande.  Que supieron tempranamente que el secreto de todo en la vida  es dar.

La noche de las dos lunas. 14 de junio de 1980

Testimonio de una torre de control:
Ese sábado, antes de las 19, un halo de luz gigante que irradiaba un color blanquecino se acercaba a mucha velocidad. Nos comunicamos de inmediato con Ezeiza donde también se había captado el fenómeno. Se posó unos minutos sobre la cancha de River y siguió hacia la Ciudad Universitaria. Luego nos contactamos con distintos aeródromos para hablar de lo que estábamos viendo y todos comentaban el mismo suceso. El total de tiempo que duró el curioso espectáculo, no superó los diez minutos. El inexplicable objeto lo vieron cientos o miles de personas y la noticia no tardó en replicarse por todos los medios de la época. Coincidían en que el objeto no produjo sonidos ni interferencias, hasta que desapareció.
Esa tarde jugamos contra el CASI, equipo al que raramente le ganábamos. Pero esa vez sí. Ganamos 13 a 10.
Comenzando a oscurecer, entra el “Feti” Arena hecho un loco al quincho viejo donde estábamos compartiendo el tercer tiempo, gritando: “¡vengan a ver ésto! ¡Un plato volador! Así fue que salimos y vimos lo que el “Feti” hoy describe como “una bola de fuego que se movía lento como un avión y desapareció como un rayo”. Recuerda caras de incredulidad y otros, que desde la baranda de la cancha uno, veían el espectáculo.
Todo pasó como esos segundos que parecen eternos.
El cuento es, que volviendo a entrar al quincho, “El Caña” Varela, famoso jugador del CASI de aquella época, dijo más o menos esto: “Que la gente de Hindú no se olvide de éste día, porque ver un plato volador y que Hindú le gane al CASI, pasa una vez en la vida”.
Se equivocó.


domingo, 15 de septiembre de 2019

Un día cualquiera


Daniel. Sí el cerrajero. El que conocíamos todos en el edificio. Horario? No! No sabía de horarios. Además no le importaba. Si su oficio era ese. Abrir puertas. Resolverte el problema. No te iba a cobrar de más por eso. Siempre andaba por ahí. O con la caja de herramientas o en el negocio. Era él y la calle. No necesitaba más.
El otro, no sé. Un innombrable. Un gangster. Con la 9 mm a las nueve de la mañana. Con un maletín. No tenía nada adentro, declaró. Y como somos todos giles adelante. A veinte metros de la uno. Donde los muchachos estarían comiendo unas facturas. Los de la moto eran dos. Aunque está prohibido andar de a dos en moto. Dos. Como todos los días. También es un trabajo. O no? Lo pecharon al gangster. Lo primerearon y rajaron por San Martin. Después por Córdoba. Chau! A cobrar. Por las dudas y para darles una lección el del maletín sacó la Glock y disparó seis tiritos. Eso. Porque lo que tenía en el maletín eran papeles. Sin valor entendés? 
Daniel caminaba sin pensar. Era el trabajo lo suyo. Y su mujer y su hija de once años? Nada importante. Un disparo lo atravesó como a un perro. 
Cayó calmo. Ni gritó. Rodeado de una mancha de sangre dejó la vida tirada ahí. 
Algún delirante dejó una flor en el lugar. Ensangrentado. Al rato ya no estaba. Algún peatón distraído la habrá pateado. O pisado. El tipo era pobre. Fin


Leonardo Eloy


Leonardo. Leonardo Eloy. Sabias que se llama Leonardo Eloy? Elsa. El gordo Elsa. El antihéroe. El tipo que nadie del club lo pondría en su equipo preferido . Ni en el segundo. Y ayer fue el héroe. Con dos tipos menos y después de dos o tres scrums. Salió Horacito y entró Elsa. Quién pensó que iba a ser el héroe? El pibe rubio de ojos celestes que hace el try en la banderita en el último instante y ganamos el partido. No. No fue así. Entró el gordo Elsa. Se plantó, el adversario cometió una infracción en el scrum, y chau. Pero hubiera sido lo mismo si no se ganaba. Porque el tío Comotto cuando descendimos un periodista le preguntó “y ahora qué” y él contestó “y ahora vamos a seguir jugando al rutby “ como decía él. El maestro. El que nos enseñó todo. Con el tío Emilio. Y allá lejos Borgonovo. Y después el disparate. La “jornada pugilística”. La risa. Lo que hubiesen disfrutado “el Negro” , el “Guri” ,el Gonza, Luisito, de ese disparate. Pero los tipos están. Yo no creo una mierda. Cuando se van se van. Pero están en nuestro recuerdo. Estaban ahí. Con nosotros. Qué hijos de puta! Lo que se hubieran divertido. Lo que se hubiesen reído. Qué lindo día viví. Qué linda noche! No. No tomen a mal otros clubes lo que digo. Ojalá disfruten todos lo que se disfruta y padece en Hindú. Nuestra casa. Nuestro lugar. Con muchos yerros y alguna virtud. La de divertirnos siempre. La de jugar siempre. Adentro y afuera. Si total, la vida es un sueño que dura un ratito.
Memoria de Elefante

 Es difícil escribir acerca de algo que atravesó tu vida como un rayo. Que te viene acompañando de hace décadas. Aunque existía desde mucho antes. Casi como un abuelo que ayudó a que crezcas. Como un cuento donde sos uno más de los personajes. Menores y poco trascendentes seguramente. Pero un cuento del que formaste y formas parte. Lo que debo confesar es que muchos de los mejores momentos de mi vida, los viví dentro de ese cuento celeste y amarillo. Y muchos de los malos momentos. Cuando nuestros maestros pasaban a ser recuerdo. Pero de cada uno de ellos recibí una pincelada. Una palabra. Un consejo. Porque la vida es eso. Crecer, aprender y desparramarse. Como un río. Con la resonancia de un río. Que encuentra donde seguir su cauce. Como nos enseñaron. A dar siempre. A preguntar qué hace falta. Y ahí ponerse a trabajar. Con objetivo de ser útiles, no importantes. Y así vamos caminando juntos ésta historia. Este cuento que recién lleva cien años. Con la locura y el esfuerzo de muchos. Pasen. Pasen y vean lo que hicieron hace cien años chicos que tenían dieciocho años. Que soñaron grande. Que supieron tempranamente que el secreto de todo en la vida es dar.

martes, 19 de febrero de 2019

Gira a Nueva Zelanda 2019

En principio agradecerles que me hayan invitado a escribirles y felicitarlos por la disciplina y el esfuerzo que han puesto para llevar a cabo la gira. Que no es una gira más. Creo que no me equivoco si digo que es la más numerosa de la historia del club. Una historia que comenzó en 1919. Con lo cual ha querido el destino que fueran ustedes quienes nos representen en el año de su centenario. Y acá quiero contarles algunas cosas que quizás no sepan.
Desde que nacieron , sólo vieron festejos, triunfos y copas. Pero nos llevó 77 años ganar el primer torneo de la U.R.B.A en el 96. Todavía recuerdo la pitada final del partido contra Regatas y los pibes corriendo al balcón para saludarse con los “viejos”. Parecía un sueño. ¿Sería el último? Y no. Era el primero. De un montón más. Pero se llegó hasta acá con el esfuerzo de muchos. Dando siempre. Con entrega y sacrificio. Con mucha humildad, respeto y rigurosidad. Priorizando la amistad. La conformación de grupos. Comprometiéndonos. No hay secretos. Es un juego de conjunto. Con gente más grande que los entrena. Que descuida cosas. Laburo, familia, trabajo y demás para estar con ustedes. Con la clara consigna de ser útiles, no importantes.
Buen viaje muchachos. Y hasta la vuelta. Quizás a muchos de ustedes le tocará jugar en la división superior. A otros no. Pero la relevancia de cada uno de ustedes no dependerá del lugar donde les toque jugar. Dependerá en todo caso de todo el resto de condiciones que debe reunir un hombre de rugby.
Por eso, para terminar, quiero decirles que disfruten cada momento de éste viaje. Que abran los ojos. Que conozcan. Que comparen para ver el tesoro que tenemos en Torcuato. Para que lo cuidemos. Y por sobre todo, que la celeste y amarilla no es para ponérsela un rato. Es un sello. Es una forma de encarar la vida. Siendo mejores tipos cada día. Solidarios. Dispuestos para entregarnos siempre y dar lo mejor de nosotros. Para ser leales y honestos. Dentro y fuera de una cancha. Ganando con humildad y siendo dignos en la derrota. Los invito a que honren éstos colores. A cada paso. En cada actitud. Estimulando al compañero. Alentándolo siempre. Hasta en el yerro. Y por ese camino sentir que sos celeste y amarillo. Como el color de tu sangre y como canta la 26, como el color de tu corazón.

Cupido en el Ciberespacio

Era de poco hablar. De hecho nadie lo escuchó jamás.  De pelo rubio y ojos claros. O no. Alto fornido y jovial. Maduro y delgado. Difícil de describir porque sus apariciones eran azarosas.
Era a veces una flor. Una carta. Una mirada. Pero se convirtió en un mail. Un whatsapp. O en  tinder. Pero aunque se lo intuye, nadie pudo obtener una prueba fehaciente de su existencia. Jamás. 
Atento a encuentros y desencuentros. A corazones solitarios y heridos. Pero también a los satisfechos. A los amores sentidos. Deseados. Armaba encuentros. Clandestinos o diáfanos.
Pero de a poco, la tarea se le fue dificultando. La falta de compromiso. El desamor. La vida virtual. Vida donde se ausenta el poema. El riesgo por amor. La servilleta escrita en un bar con corazones dibujados.  
Ya ni el humor es una buena herramienta. Si no se ven. Si no podés enamorarte del surquito que le dibuja la sonrisa junto a su boca.

Qué pasó? Qué nos pasó?
El tirano de la manzanita mordida nos separa. Reímos ante la pantalla o lloramos. Pero nadie nos ve. Y lo ponemos ahí. Dejando claro que somos dos pero de a cuatro. Y las parejas ni se miran. Ni se ven. Y chequean el maldito aparato cuando el otro cuenta que está mal. Que está bajo. O que la ama.

Y aunque desenredó por milenios uniones que fueron duraderas. Surcó mares. Atravesó cielos y desiertos. Siempre en su afán de consolidar amores eternos, desdeñando los frágiles. Y riendo, puso en boca de amantes frases de miel y de cristal. A pesar de todo eso, claudicó.

Ya hace tiempo que no se habla de él. Se comenta que se fue. Empapado de pena. Con su tarea desvalorizada. Inconclusa. Sintiéndose vano, se alejó. Lo agotó  el descompromiso. El beso en liquidación. La noche pasajera. El mensaje de wapp trasnochado. Con el “visto” clavado en sus entrañas. Sin respuesta. Sin mañana. Apenas un roce hoy y ya. Y, pensó, quizás la cosa es así y mi tarea cayó en desuso. Habrá perdido sentido.
Pero aun así, lo evoca de tanto en tanto algún poeta. Algún cantor. Un “no puedo estar sin vos” dicho a los ojos.
Aunque la realidad dice que no. Y se sospecha que el romanticismo, su compañero de ruta, pareciera estar muerto...y sepultado.