sábado, 1 de febrero de 2014

                                                                   Los Hijos

Y cuando el sueño tuvo el dolor de los dientes cuando cortan

y sus risas invadieron los rincones de juguetes tirados por el suelo

y los ruidos de pelota rebotaron en acordes de guitarra

y de domingos de bici con rueditas

cuando mis brazos abrigaron cuatro abrazos

que reflejaron mi antigua risa sin espejos,

entonces supe que alguien me había premiado

y que mi vida había cambiado para siempre. 

jueves, 22 de noviembre de 2012


Fin del mundo y eternidad
Sucederá algún día. De noche quizás. No importa demasiado. Todos tenemos eternidades y fines del mundo cada día.  La vida viene de un previo tiempo eterno. No recuerdo haberlo vivido con ansiedad. No recuerdo siquiera haberlo advertido.

Llegué al mundo para deshilvanar mi instante. Mi parpadeo. Soy una ola. Crezco y rompo y me espumo y enareno. Voy inexorable a lo que el tiempo deshará. Sucesión de ahoras semisumados que  dan de resultas un tiempo. Una época. Una vida. Todo medido en años, lustros, décadas, siglos y milenios. Todo pasa y despasa. Se va, y al mirar atrás, ves volver el mismo episodio en ésta calesita anárquica de la vida.

No te creo, fin del mundo. No te espero. Sólo sos una parte de una enorme partitura, y como en toda obra maestra, después de varios campases, es necesario un silencio.  El silencio es parte de esa eternidad. De ese devenir de soles bemoles que surcan cansinos el cielo. Se van por allá para volver a salir circuladamente. Unotrasotradamente.

No te temo. Ni te espero. Las placas de la tierra se moverán. Se aquietarán. Caerán ciudades por esas grietas. Países enteros. Surgirán otros. Restregarán sus ojos encandilados por el nuevo sol que se llamara distinto.

Mientras tanto, transcurro amando. Deseando. Planeando. Soñando.

Cuando éste valsecito ùndostres, ùndostres, nacimientovidamuerte se detenga, ahí, por fin, será el silencio.  Necesario. Indispensable para continuar  la inagotable partitura de la eternidad.

viernes, 21 de septiembre de 2012


Enigmático

Porque para mí siempre fue contingente y tangencial. Tanto que por insuficiente, busqué la bisectriz como alternativa.  El engaño. La mentira. Dudando irremediablemente de las maripositas en la panza. De las cartas con corazones. Del anillo comprometedor. Con símbolos  inexistentes. Inalcanzables. Construido  en estructuras arcaicas. En la salud  lo ignoraba y en la enfermedad nunca me hubiera comprometido.  En la prosperidad hubiera dudado de mí, expresando certezas. Hubiera desaparecido en la adversidad porque al venir me estaba yendo, y, quedándome, me alistaba para partir. Engrilletado. Atado. Aprisionado. Sembrando lo que quise. Sin regar. Desconfiando  de mí. De los que lo quieren definir con definiciones indefinibles. De los rotuladores. Delos diez consejos de las revistas del corazón. Del teleteatro. Sabiendo que lo engendrado por el odio, detenta más raíces. Paradojal y extraño. Conviviendo con enojos que no amainaban las puestas de sol y con la omnipotencia de pensar que mañana construiríamos un reencuentro irreconciliable. Fue un estorbo. Una tarea. Un tener que ocuparse. Me aterraba. Me conmovía. Aunque nunca supe la razón de por qué al cerrar los ojos podía vislumbrarlo. Presentirlo.  Como de reojo. Como un no te sonrío,  sonriéndote. Como la rotunda negativa del quizás. Como la quimera de conservar los ojos cuando tantos los perdieron antes.  Así: con paso decididamente indeciso. Pero un día mi corazón se puso en blando. Entre las diez y tu calle. Entre tu risa de miel y mi rutina del café de enfrente. Pensando en vos cuando pensaba. Como un bobo. Viendo a ciegas. Mareado. Tarareando tu voz. Silbando tu boca. Borroneado. Fantasmeado de ayeres fatigados. Embriagado de vos. Olvidando amaneceres. Deseándote. Convencido a cada paso, en cada buen día, en cada lluvia y en cada sol, que te esperaba a pesar de mis reparos, enigmático amor. 

viernes, 3 de agosto de 2012


Escribirlo todo

Escribo la vida
Escribo la muerte
Escribo tu cuerpo  tu ombligo y tus senos
Describo tu cuerpo y para hacerlo escribo
Te miro desnuda y me escribo encima
Escribo tus manos y tus pies alados
viniendo a buscarme mientras yo te escribo
Escribo tu nombre y que el mar lo lleve a escritos lejanos
Te escribí una carta. Te amo, te escribo
Te cuento que escribo  la canción que  canto
aunque mienta un poco y otro  poco  plagie
Te escribo por junio  
Boberas  escribo
Provocando escritos, cuando quiero, escribo
Pero pongo el alma, vísceras y escribo
aunque esté partido y zurciendo mi alma
salgo del calvario. Me anima escribirlo
En el subte el tren y en  mi casa escribo
Es lo más barato, por eso te escribo
Y leo mil textos por otros escritos
en baños,  grafitis ,  libros manuscritos
Me burlo y escribo. Me río y escribo.
Y a veces llorando me siento y escribo
Hasta escribo cosas  que nunca ocurrieron
con tiempos escritos sobre escritos míos
Escribo mil cosas que a nadie le importan
Sólo escribo esto con algún sentido
porque quizás tenga valor escribirlo
Escribirlo todo
Dejar todo escrito


Hartazgo

Salíamos esa mañana  a comprar el blonco. Siempre lo hacíamos. Ella rupiaba el blonco como nadie. En eso, no quiero sangangar elogios. Era buena, amable, pero tenía un defecto insoportable: Te grapalaba. Todo el tiempo. En el medio del pisandro, grapalaba. A la mañana grapalaba.  A la tarde, a la noche, a las tres de la mañana insomne, me despertaba porque quería grapalar. Yo estaba exhausto. Tenía ojeras y los calupones por el piso. Así, estoicamente soporté  dos años. Debo reconocer, que había otras cosas de ella que me atraían. Tenía un pololote que mamita querida. En la playa, todos se lo miraban. A mí me daba un poco de celos, lo reconozco, pero me gustaba. Sobretodo cuando se lo crascritizaba. Aunque, para ser honesto, lo hacía muy esporádicamente.
Pero esa mañana me harté. Quería grapalar mientras hacíamos las compras y me negué. ¡Para qué lo habré hecho! Se ofuscó. Me quiso convencer a toda costa. Entonces me blablablò, me piripipeò , me arguyó. Pero como yo no quería grapalar, continuó con un piripipeo cada vez más agresivo. Sus palabras hirientes  me recorrían y vozdaban. Su trenque me retumbaba. Más que hablarme me amenazaba, me extorsionaba, me hablazalaba. Entonces me procolè, me nodè y me fui. Pitaculadamente,  lo hice; de una vez y para siempre.

Sonrisar al mundo

Sonreír cura, sutura, cicatriza. Sonrisar al mundo, deberìa ser la tarea. Empezarìa por las plazas y los  parques.  Sonrisarìa calles, hospitales y oficinas pùblicas. Se puede sonrisar a cualquiera. Pero  sonrisar a un niño, debe ser un deber. Sonrisar a un anciano es un deber. Sonrisar a un enfermo es un deber. Porque la sonrisa ahuyenta la muerte. Sonreír alarga la vida.
A la sonrisa hay que llevarla puesta.  Porque los amores con mal pronóstico se revierten con sonrisas. Zambullàmonos, nademos y caminemos en sonrisas.  Pero no lleves la sonrisa en la cartera. He visto más de una vez que la necesitaste, y salieron antes los anteojos de sol, los documentos, las  pinturas, las llaves y todas esas cosas que te juegan de sonrisas. Por momentos hay que ser decidido. Al circunspecto, aplicale una sonrisa. Al beligerante,  propinale una sonrisa. Al malhumorado, estampale una sonrisa. Besale la sonrisa. Sonríele la sonrisa.
Nunca te vas a arrepentir de sonrisar a alguien. Sonrisèmonos y seremos mejores personas. Te lo aseguro. La sonrisa no hay que ahorrarla. No escatimes en sonrisa. Usala. Apurala. Acelerala. Quiero que nos erijamos en sonrisadores de éste mundo desonreìdo. Si perdiste, la sonrisa apura la recuperación.
Dibujemos sonrisas en el piso para los cabizbajos y en el techo para los insomnes. Con  colores fluorescentes. Incandescentes. E  incluso indecentes.
Los bebés nacen sin dientes, pero sonríen hermosos. A mis hijos los conocí sin dientes. Más tarde con un diente y así sucesivamente. Hasta la sonrisa de hoy. Y todas esas sonrisas me han sonrisado la vida a mí. La sonrisa, es  esdrújula en sonriámosle. Grave en sonreìle.  Aguda en sonreí. Me puedo sonrisar en el presente en el pasado y en el futuro. La sonrisa es universal. Es perfecta. Nadie puede ser detenido por portación de sonrisa. Ni tampoco por averiguación de sonrisas anteriores. He visto la sonrisa de la luna en su andar adverso. Por eso, repito, sonrisemos el mundo. Ayudame. Empecemos vos y yo. Ahora. Porque ver el surquito de tu boca sonriente me cubre de sonrisas el alma.


Encrucijada

Fue cuando pensaste en forma de pregunta. Cuando dudaste. Sabès bien cual es la decisión más sensata. Pero éste retazo de presente, donde estás definiendo tu futuro, te confunde. Porque la amas. Porque ya pusiste fecha. El lugar. Vos que sos previsible. Claro. Ahora que estás llevando la última invitación. En éste instante no sabès, vos, que siempre sabès. No importa. Adelante. En una semana será la mujer para toda tu vida. Ese noviazgo lindo. Acompañado. Mandado. Consensuado. Por tus padres y los suyos. Y sus amigos y tus amigos y todos los demás que conocès y no conocès. ¡Claro que es el amor de tu vida! Siempre te acompaña amorosamente. Silenciosamente. Soporíferamente. Vuelve entonces la otra persona a tu cabeza. Su perfume. Sus manos. Que hacès  el esfuerzo de olvidar recordando. Pero puede más la razón. Porque amas a tu futura mujer, con pasión. Dulcemente. Con los semáforos que cruzaste comiendo su helado de vainilla. Te causa risa que se manche el vestido con ese helado. De vainilla. Siempre de vainilla. Aburridamente de vainilla. Con los poemas de mares nocturnos que le dedicaste con dedicación. Y de pronto te sucede que no sabès si vas para acá  o venís para allá. Porque te acordaste de golpe que esa otra persona te tomó la mano. Mirándote a los ojos. Con sus ojos negros profundos. Maldecìs que haya aparecido. Que te haya hecho parpadear. Vos que sabès todo. Decidìs todo. Pero ahora, se te escapan los pasos entre los pies. Estás por primera vez con el cuello a la soga. Al revés. Desde esa tarde que anocheció en vos. Impreciso. Perdido. Recortado en el presente. Así. Mal recortado. Como si nada estuvieras. Como si a la rastra nunca hubieras llorado. Como siempre. Como todavía no. Como si nunca nada. Como si la lluvia que te espera, de los ruidos que se llevó cuando se fue. Entonces te parás y caminando descaminando al teléfono, temblando te comunicàs y le decís, finalmente, que no podès vivir sin él.