Encuentro con Kaia
Hace unos días fui a buscar a mi nieta Kaia al cole. Apareció corriendo hacia mí con esos ojos intensos y su risa de catarata.
Comimos ñoquis, nos divertimos y me contó cómo le había ido. Después me pidió ver Frozen.
Una de esas historias donde el amor y el temor se enredan no sin algo de perversidad.
Ella miraba con ojos nuevos aunque conocía la historia. Después de un rato me dice con voz temblorosa, “abuelo ahora vienen los lobos?”
Miraba inquieta, asustada, entonces le pregunté.
—¿Querés seguir viendo la peli?
—Sí… —me dijo. Y enseguida— Abuelo… ¿los lobos la van a comer?
Su cuerpito se fue acercando al mío, como si supiera el camino. Primero un poco. Después más. Hasta abrazar mi brazo izquierdo como quien se agarra de algo que no quiere perder. Temblaba pobrecita. —Vení, subí con el abuelo. Le dije
Se sentó en mi falda, todavía tensa y asustada. Me pellizcaba las manos suave, asegurándose que yo seguía ahí.
Y entonces la abracé. Con los dos brazos.
De a poco y muy de a poco, se fue entregando.
Hasta que apoyó su cabecita en mi pecho.
Y en ese instante entendí algo que no sabía. O sí, pero se me había olvidado.
Ser abuelo es, quizás, lo más parecido a ser un cielo. Un refugio. Un momento de calma.
Y en un abra cadabra hacer que el miedo de esfume. Se transforme.
“qué me puede pasar rodeada con los brazos del abuelo?”, sentí que ella sentía.
Y entonces agradecí.
Agradecí todo lo vivido. Yerros, aciertos, luchas y paces. Todo. Porque todo eso, de alguna manera, me había traído hasta ese sofá, hasta ese abrazo, hasta ese instante.
El sentido de toda la vida estaba ahí, precisamente. En ese abrazo sin tiempo.
Quisiera que ojalá dentro de mucha vida, cuando colapsen en ese instante mi antes mi después y mi ahora,, algo de ese momento quede en su recuerdo.
Como una sensación. Como una huella invisible.
Que un día, sin saber por qué, sienta que en el mundo hay lugares seguros
y que alguna vez se sintió protegida rodeada de mis brazos.
