sábado, 14 de enero de 2012

Agonía (Para el Gonza)

Yazgo. Me destriparon desde el plexo hasta el ombligo. Dreno por otra cuchillada en mi costado. Me canalizan. Me medican. Escucho movimientos. Voces que deciden. Yo no quiero más. Me manosean. Mi corazón explota.

Hablan de un estreptococo.

Me cambiaron la medicación. La presión se altera. Vienen pocos. Lloran. Me lloran.

Sube mi temperatura. Ahora baja. Mejoran las expectativas casi al mismo tiempo que se diluyen. Y pasan los días. Me desdibujan. Se encarnizan. Me torturan.

Estoy desfigurado.

Cada día mi caricatura es más patética. Mi hijo reza. Siguen buscando una cura.

Acá hay gérmenes. Hijito no, no vengas.

La veo llegar. Me entrego. No es una calavera blandiendo una hoz. Es más linda. Me respeta. Me pregunta.

Te dejo, hijo. No puedo más. Esta bolsa llena de afectos es todo lo que hice en mi vida.

Bien o mal. Como pude.

Voy abandonando lento el pensamiento, el amor y los sueños. Ahora levito frente a mi cuerpo mutilado.

martes, 13 de septiembre de 2011

Paisaje Suburbano

Tres chicos se parapetan con cartones y frazadas contra una pared del McDonalds de Don Torcuato. Vivo testimonio de la ausencia de sensibilidad social, reflejada en la sonrisa sarcástica del payaso multicolor. Pero la noche, caerá igual. Impiadosa. La claridad de la luna augura heladas.

Carlos, aparece entonces con un guiso de lentejas en una olla humeante. Lo preparó Miguel, su compañero desde hace años. Miguel no es chef,pero cada plato que cocina lleva retazos de su alma. Carlos les da con afecto la comida. Hablan cosas. Se despiden.

Las lentejas, saben a masajitos en la panza. Suenan a canción de cuna.

Cada uno de los chicos, como todas las noches, se adueñará de una estrella hasta dormirse. Mañana, sus pocas pertenencias quedarán en el lugar. Es que durante el día, juntan monedas en el semáforo de la colectora.

Mientras tanto, un expediente de adopción deshilachado, continúa deshojando margaritas en un juzgado de menores.

martes, 30 de agosto de 2011

El Tio


Le decíamos Tío, con afecto. Como un reconocimiento a su sabia veteranía. Era nuestro faro en aquellos años donde crees que sabés todo mientras la vida te cachetea todo el tiempo. Nos enseñó de la amistad, para él el sentimiento más sublime en éste mundo, superando incluso a la familia. Que la vida no podía ser tomada en serio. Porque de pronto, te vas. Y todo sigue igual. A no rendir pleitesía ni ser obsecuente. Por ningún motivo. Ni por laburo ni por una prebenda.

Pero su vida era disparatada. Con anécdotas donde el alcohol era parte de sus atrevimientos. Como cuándo el de cuentas corrientes del Banco Francés lo estaba retando por unos cheques, se distrajo y el tío le afanó los anteojos. O en la whiskería que tenía donde convenció a un tachero que le cuide el boliche, mientras él le manejaría el taxi. No me olvido la cara de ese tipo. Se agarraba incrédulo la cabeza. Volvió a las dos horas con dos viejitas chochas. A las risotadas. Nunca la habían pasado tan bien.

Era un seductor. Divertido e ingenioso. Nos enseñó que en el deporte, el adversario era también amigo. Que sin ellos la práctica del juego se hacía imposible. Fue nuestro embajador. Nuestro triunfo y nuestra derrota.

Me cuidó como un padre cuando perdí al mío. Todo lo desdramatizaba. Terminaba en una carcajada. Dueño de la alquimia de saber transformar la tragedia en un sainete.

El tío. Querido e inolvidable. Como todos, un día enfermó. Lo internamos en una clínica del barrio. Ya estaba listo. Le dieron un remedio y lo tomó, no sin antes avisarle al organismo en voz alta: “¡va agua!”, para ponerlo en aviso, acostumbrado al whisky.

Se fue manso como era. Sentado en un sillón de su jardín que daba a la calle. Así. Mirando. Inventando alguna jugada. Soñando con Racing campeón. Brindando con amigos. Riéndose del pasado y del presente.

Lo lloramos la familia, los amigos, los vasos vacios, la risa y Rita, la dueña del cabaret.

lunes, 22 de agosto de 2011

TINTINEO

No. No me pasó cuando me fui. Aunque el silencio apuñalaba sin piedad el aire.
Tampoco en las noches de insomnio, esperando que el sol perezoso se asome lento.
Ni en funerales, ni en marchas de silencios.
Ni en cada palabra que callé por postergarlo.
Pero un día, uno de mis hijos me pidió que le resuma un libro para la facu.
Agobiado, pospuse la tarea de padre para la noche del domingo.
Empecé leyendo distraído y garabateé alguna idea, hasta que sentí que los
párpados tenían el peso de mis años.
Me levanté, busqué un filtro, le eché cuatro cucharadas de café y esperé.
Al rato, la máquina me anotició que estaba listo.
Me serví un café gigante. La noche sería larga.
Traje el azúcar al escritorio y ahí, por primera vez te presentí.
Al revolver el azúcar, cuando la cucharita tintineó contra los bordes de la taza,
serenamente lloré.
Nunca había reparado en ese sonido singular.
Acostumbrado a estar rodeado de acordes, risas y ruidos de pelota.
Entonces entendí, de pronto, como una cachetada del destino,
que me habías enredado.
Que te pertenecía y serías desde allí mi compañera,
extraña y temida Soledad.

jueves, 4 de agosto de 2011

Amante

le gusta mimarla
besarla
masajearla
abrazarla morderla poseerla
absorberla
beberla

enredársela en su cuerpo
explorarla
recorrerla lentamente
y habitarla


le gusta comerla
saborearla
derramarse en su interior
y serenarse

disfrutar su geografía hasta saciarla

ama bañarla
secarla
y acostarla
dormirla entrelazado
abandonarse

quiere despertarse al lado suyo
desayunarla

pero cuando se va
le desdibuja
la sonrisa de sol
que la acompaña
la entristece
y lo más deseado
se lo quita
simplemente porque no es
a la que ama.

lunes, 25 de julio de 2011

DESENCUENTRO DE CUENTOS

Salía de la casa siempre a la misma hora y cruzaba la calle sin mirar. Las frenadas, acompañadas de fuertes insultos, eran frecuentes. El las ignoraba. Quienes lo conocían aseguran que se le ocurrían historias fantásticas, pero, lamentablemente, tenían la duración de su propio pensamiento. Las olvidaba de inmediato.

Un día, esquivando gente, al pasar por el Bazar Inglés, sintió un rayo interior.
Entró, observó una colección de cacerolas y preguntó por el probador. El empleado, que tenía muy claro aquello de que el cliente siempre tiene razón, mientras hacía malabares con unos vasos, lo condujo al baño.

Cargando una media docena de cacerolas, se las fue probando meticulosamente en la cabeza hasta que una, le calzó con dificultad. Salió con su olla encasquetada, la pagó y se fue.

En el trayecto a su casa, se le ocurrieron tantas historias que se extravió. Tomo subtes errados. El enjambre, lo fue conduciendo por lugares desconocidos. Hubo quien le ofreció dinero pensando que desvariaba. También una denuncia por desacato, ya que trató de “imbécil” al agente que le preguntó qué hacía con una cacerola en la cabeza.

A pesar de las circunstancias adversas, confiaba que las historias quedarían adheridas en los bordes internos de su improvisado sombrero. Falso. Lamentablemente, cuando logró quitársela, las ideas se le desparramaron. Volaron algunas, otras se mezclaron entre sí y las más aterrorizadas se fugaron por una hendija de la ventana.
Aprovechando la compra y esperanzado en hallar un método atrapa ideas mejor, se preparó un guiso en el recipiente.

Serían las tres de la mañana cuando recordó a su amigo Nito, quien había participado de algunos “cacerolazos” y partió para su casa. Los cánones de convivencia desaconsejan solicitar cacerolas a esas horas de la madrugada. Pero a veces, el deseo supera al pensamiento. Nito conservaba algunas cacerolas abolladas. Después de mascullar algún insulto menor, le abrió la puerta a su amigo de años. Le regaló una bien abollada que le calzó a la perfección y lo despidió confundido. No eran tampoco horas para captar una explicación tan arrevesada.

Al otro día, se colocó la cacerola y partió. Ausente. Sordo a las bocinas e insultos. Despreciando ladridos amenazantes, pero inspirado. Cientos de ideas brotaron de ese cerebro creativo que, mágicamente, fueron reposando en las abolladuras internas de la cacerola. Pero el calor y la torpeza al quitársela, lograron un nuevo fracaso.

Yacían millones de letras mezcladas indescifrables en los recovecos de la olla. Circunstancia que fue aprovechada por Gladys, la misionera que solía ir a la casa a plancharle la poca ropa que tenía. Halló al otro día la cacerola con el abecedario enredado en su interior.

Comentan que Gladys es hoy rica y próspera. Puso un restó en Marbella. Claro, “Sopa de letras” es la especialidad de la casa. Como no podía ser de otra manera.

domingo, 3 de julio de 2011

Cuando Pascual Comprò a Alfio

Funcionaba a la perfección. O al menos era lo que yo pensaba. Mi primera venta, que terminó siendo la última, fue a un equipo de futbol de veteranos.
Laburaban todos en la misma empresa y por cuestiones de fuerza mayor, debieron ausentarse de la final interempresaria.
Sólo quedó Pascual, que era malísimo. Pero tenía a su favor, un entrevero afectivo con la minita de la casa de deportes de enfrente, que les proveía la pilcha deportiva. Con él me vinculé como siempre sucede en estos casos, insólitamente.
Fue durante un absurdo concurso de la cooperativa del colegio de los chicos, que consistía en sostener por más tiempo una escoba haciendo equilibrio en la propia pera. Pascual me contó su dilema casi por casualidad (y porque se lo estaba contando a todos). Yo más rápido que inmediatamente le conté de Alfio. A él le gustó la idea y se lo vendí. El resto, lo negocié con el tesorero de la empresa.
Pascual estaba como loco. Salió presto con Alfio a la búsqueda de los diez jugadores restantes para la final. Nomás en el subte Alfio le señaló al guarda, con altura suficiente, manos grandes y dedos generosos. Era inequívoco que había que convocarlo. No debía haber en el mundo alguien que reuniera un aspecto físico más adecuado para bloquear el ingreso de la pelota en el arco. Pronto lo convenció. Pascual jugaría de dos. Que en las escasas ocasiones que acertaba de un puntapié a la pelota, solía hacerla llegar al área contraria. El cuatro lo ubicó en la verdulería. Petiso y con barba que parecía crecerle por minuto, mientras Pascual lo convencía. El tres, longilíneo, vibró ante el mismísimo dueño de la “cochería”. Prometió jugar “aunque el sábado tenga diez servicios”, aseguró. Claro que era improbable. La gente no suele morirse un sábado de primavera. Alfio funcionaba a la perfección. Pascual no podía ocultar la alegría ante tamaño hallazgo. Claro que la escasez de tiempo conspiraba. Del jueves al sábado ya no se podía siquiera hacer una práctica con pelota, que, por otra parte, era lo que Alfio aconsejaba. Así, se fue completando la geografía del equipo. El seis y el ocho eran los mellizos Zárate. El optimismo de Pascual a esa altura, era inocultable. Se imaginaba alzando la copa. Los “mellis” corrían juntos cotidianamente. El viejo, había llegado a jugar un partido en la primera de Defensa y Justicia. Dicen que con una performance paupérrima. Pero detentaban un apellido futbolero por excelencia. En la mitad de la cancha, con el cinco en la espalda, Alfio advirtió al cura de la parroquia. Alemán el tipo. Durísimo con las penitencias a la hora de la confesión. Claro, además el sábado no oficiaba misa. Lo del siete fue increíble. Alfio lo enganchó en un after hour. Medio doblado del pedo que tenía y chamuyando a la dueña del bar el jueves de madrugada. Un burlón desenfadado. Como los siete de antes, que te pintaban la cara y tiraba el centro. El diez, zurdo, juntaba monedas en una gorra deshilachada haciendo jueguito con una pelota en el subte. Manejaba la izquierda como “el Diego”. El tiro libre de derecha a izquierda sería medio gol. Con la responsabilidad sobre sus espaldas, Pascual fue obedeciendo meticulosamente cada vibración de Alfio. Al once ya ni sé por qué lo convocó. Pero el nueve…el nueve fue una revelación. Las instrucciones casi de GPS de Alfio, condujeron a Pascual al concejo deliberante de la Ciudad. Se necesitaba un político. Avaro y personalista. De los que leen el gráfico y se sientan arriba del diario para no prestártelo. Alto, rubio y atlético. Ese fin de semana, como el resto de los días de su vida, el concejal estaba al pedo. Sabía que éste vínculo, aunque menor, algún votito más en la interna le podría aportar.
El sábado, llegó puntualmente a la cancha el colectivo escolar, contratado por la empresa. Un grupo de porristas, dirigidas por “la minita de la casa de deportes de enfrente”, desembarcaron con su bullicio multicolor.
Marco espectacular. Césped verde bien cortado. Arcos con redes. Arbitro y jueces de línea uniformados. Así entonces, tres en punto de la tarde, se escuchó la pitada inicial.
Pero a veces, los planetas están desalineados. Les clavaron cinco: inapelable.
Y yo, ahora, recuperándome en el Pirovano. Mis allegados piensan que fue Pascual. Yo no lo podría asegurar. Pero el lunes y por la espalda, alguien cobardemente me arrojó a “Alfio” por la cabeza, acertándome de lleno en el occipital. Otra vez, las adversas circunstancias de la vida, echaban por tierra mi frustrada profesión de inventor