Presente Perfecto
Presente Perfecto
Vivo acá. En mi paraíso. Por donde pasaba entrenando de chico cuando dábamos la vuelta al club. Justo acá, en la esquina, empezaba una cuesta dura de subir. Como en la vida. Apretar los dientes y seguir. Recuerdo muchas veces haber soñado con que mi vida transcurriera acá. Con esos árboles y la cercanía al club. Flashes lejano casi imperceptibles. Pasaron años y cosas en el medio. Muchas. Casi todas. Ausencias que no tuvieron reemplazo, exilios, llanto y locura. La facu ,el rugby, los amigos, la madre de mis hijos. Cuatro varones que me curan el alma. Me la cicatrizan. Me la suturan. Después, la separación.La negra apareció en el momento justo. Preciso. Mi compañera desde hace veinte años. Mientras, mi árbol me estaba esperando. Como esperan los árboles, así, en silencio. Una jugada del azar, inesperada, me hizo comprar la casa donde vivía él, dando sombra y derrochando colores. Cobijando. Después, mucho después, un delirantenos dijo que nos teníamos que encerrar. Que los murciélagos chinos y no sé qué. Que el aire libre era peligroso. Que dar un abrazo era un pasaporte a la muerte. La gente enfermó de miedo. La reflexión colectiva se tomó licencia. En esa época entrópica y alborotada, fueron apareciendo de a poco diez ojitos de cristal que me dicen,abuelo. Pronto me enseñaron un amor distinto. Infinito. De abrazos interminables. De cuerpo a cuerpo sin tiempo. Pero en esos días de aislamiento que transgredí rebelde, lo empecé a observar. Dicen que griegos y celtas creían que en los árboles habitaban los Dioses. Quizás sea cierto. De a poco, al nuestro, mi compañera también lo fue descubriendo. Lo decoró como con ropa de lana de colores y cositas que hacen ruido con el viento. Así me amigué de él. En aquél marzo empezaron a amarillearse sus hojas. Como me está pasando a mí ahora. Como cuando de golpe la salud te dice, pará. Cuídate. Y ahora vuelve lento arepetirse el mismo proceso. Hoy está sin hojas. Con las ramas desnudas como venas abiertas mirando al cielo. Así estoy. Mañana empiezo el tratamiento. Tres meses de espera otoñándome mientras llega el invierno. Esa parte de la vida que prometo postergar todo lo que se pueda. Tengo mucho por hacer. Mucho por crecer cambiar y aprender. Cosas que compartir y disfrutar. Entonces el segundo jeringazo y rayos todos los días cinco semanas. Cada mañana y cada regreso a casa me irán mostrando el paisaje. Seguramente veré reverdecer mi entorno, mi vida y mi árbol. Le aparecerán brotes verdes y luego hojas. Y así será. Y me estará esperando mi compañera para enredarnos en abrazos. Y habrá alegría y ruidos de juguetes, bicis, pelota y disfraces. Sonará fuerte la música. Y habrá vuelto el compañero, el padre, el abuelo y el amigo que no dejé de ser. Y será irrefrenable. Como un rayo. Como un vuelo de águila. Como la luz. Y estaré agradecido. Y comprobaré una vez más que se puede cortar una flor o talar un árbol, pero que será imposible detener la primavera.


No hay comentarios:
Publicar un comentario